Tu corazón tiene su propio cerebro y puedes acceder a él para tu arraigo

Hoy mismo en el bosque es lo más cercano que tengo.

En medio del bosque, oliendo el jazmín que hemos plantado, viendo el esqueleto de un techo que recoge agua y el potencial de lo que oculta debajo (un futuro espacio para mis ratos de juego con el barro) pude sentir mi corazón.

Después de una conversación que activó mis alarmas con mi pareja, necesitaba un momento, un espacio para conectar con lo que estaba sintiendo.

Mi pecho cerrado.
El miedo haciendo temblar sutilmente mi mandíbula.
La rabia de escenarios pasados que informaban mi experiencia y asustaban aún más al miedo.
También mis ganas de no ignorarme y de no volver a caer en las viejas dinámicas estaban visibles en la parte frontal de mi mente.
Al igual que la decisión de entenderme y de elegir algo diferente.

Lágrimas de comprensión y entendimiento bajan mis mejillas.
Y la suavidad y la apertura comienza a instaurarse en mi pecho y en mi vientre.

Desde ahí tuvimos una conversación que hizo más profundo, más real, más fuerte nuestro vínculo. Más amoroso, más seguro.

No empecé a respirar de una manera especial. No me puse a meditar. No tomé ninguna decisión desde la mente.

Me quedé con mi cuerpo el tiempo suficiente para que mi corazón encontrara su ritmo.

Y desde ese ritmo, no desde el miedo, no desde la rabia, no desde los escenarios del pasado, o las posibilidades de un futuro catastrófico, aunque acompañada de estas emociones,  pude comunicar.

Esto es lo más cercano que tengo de saber cómo se siente y encarna la coherencia cardiaca.

Lo que quizás nadie te ha contado sobre el corazón

Durante siglos hemos pensado en el corazón como un órgano que ejecuta órdenes; un mero músculo que bombea sangre al resto del cuerpo.

El cerebro decide, el corazón late.
La mente manda, el cuerpo obedece.

Pero la neurociencia del siglo XXI está desmontando esa jerarquía.

En los años noventa, el neurocientífico J. Andrew Armour describió algo que cambió la manera de entender el corazón.
Éste pedazo de órgano tiene su propio sistema nervioso intrínseco con  aproximadamente 40.000 neuronas organizadas en una red compleja capaz de aprender, recordar y tomar decisiones de forma independiente al cerebro. Lo llamó el pequeño cerebro del corazón.

Es decir que tu corazón no solamente responde a lo que tu cerebro le comunica, va más allá, le habla. De hecho, envía al cerebro más información de la que recibe. A través del nervio vago, a través de señales electromagnéticas, a través de cambios en la presión arterial que el cerebro lee como información emocional.

Tu corazón es más que un músculo que ejecuta un latido.
Nuestro corazón percibe, procesa y se comunica.

El corazón no piensa pero si que recuerda.

Tu corazón recuerda no como recuerda la mente con imágenes, con palabras, con narrativas que puedes examinar y cuestionar; recuerda de otra manera: como patrón inscrito en el tejido, como respuesta automática que se activa antes de que hayas formado ningún pensamiento consciente.

Un corazón que ha aprendido, a través de experiencias relacionales tempranas, de estrés sostenido, de vínculos que no ofrecieron regulación suficiente, que aprendió que el mundo es mayoritariamente un lugar de riesgo, tiene esa historia inscrita en cómo se modula.

Cada vez que recibe una señal ambigua: un silencio que podría significar muchas cosas, un tono de voz que recuerda a algo antiguo, una conversación que podría ir en cualquier dirección… su sistema nervioso intrínseco ya tiene una respuesta preparada. Antes de que el cerebro haya procesado nada. Antes de que tú hayas decidido nada.

Es su manera de protegerte. Es lo que el sistema aprendió a hacer en su momento con los recursos que tenía.

Pero la protección tiene un coste: un corazón que opera desde esa memoria antigua no distingue con facilidad entre lo que es realmente peligroso y lo que simplemente se le parece.

La señal ambigua activa el patrón aprendido. El patrón activa la respuesta. Y la respuesta llega antes que tú.

Esto es lo que hace que la práctica de la coherencia cardiaca no sea una simple técnica de respiración, es intervención en la memoria del tejido.

Cada vez que el corazón entra en coherencia, con suficiente seguridad, con suficiente repetición, el sistema nervioso intrínseco registra un patrón nuevo. No estamos borrando el antiguo, ese todavía podría activarse; pero, practicando estamos construyendo una alternativa.

Creas una referencia diferente desde la que modularte cuando llega la señal ambigua.

Obviamente esto no se crea de la noche a la mañana, porque estamos reescribiendo un patrón neuronal de forma gradual, interviniendo conscientemente en la memoria de tu corazón, para que pueda elegir otro patrón desde el que responder ante la adversidad. ¿No te parece increíble? 

Eso hacemos en Habítame, darle al corazón otra experiencia posible que nos ayuda a arraigarnos en medio del caos.

¿Por qué vivimos mayoritariamente sin coherencia?

¿Crees que tu sistema nervioso está diseñado para el bienestar o para la supervivencia?

Exacto, está hecho para que sobrevivas, no para que estés siempre en paz.

La neuroceptión (el proceso inconsciente por el que tu sistema nervioso escanea el entorno en busca de señales de seguridad o amenaza)  funciona las 24 horas sin pedirte permiso. Supervivencia.

Y lo más curioso es que está calibrado de forma asimétrica es decir, que una señal de peligro va a pesar más que diez señales de seguridad.

Es más costoso ignorar una amenaza que ignorar un momento de calma.

Si lo piensas, tiene sentido evolutivo: el error de asumir peligro donde no lo hay tiene un coste relativamente  bajo (tu paz). El error de asumir seguridad donde hay peligro puede ser fatal (te puede costar la vida).

El problema es que ese sistema evolucionó para ser muy eficiente ante las  amenazas agudas y puntuales. Pero para el estrés crónico, relacional, acumulado de la vida contemporánea, para los vínculos de apego que dejaron heridas o  las conversaciones difíciles repetidas durante años, no está preparado.

El resultado es un sistema nervioso que aprende, con el tiempo, que la vigilancia es más segura que el descanso. Que la alerta es más segura que la apertura.

¿Abrir el corazón? ¡Uff que peligro!

Ese aprendizaje se inscribe en el patrón del corazón, en su HRV, en su ritmo habitual,  mucho antes de que la mente forme ningún pensamiento sobre ello.

Tu corazón quizás nunca tuvo suficiente seguridad sostenida como para aprender coherencia como estado base. Pero la buena noticia es que eso es como montar en bici, a tu corazón no se le ha olvidado. 

Por eso se practica. Más allá de buscar la relajación y la tranquilidad, practicamos para instalar una referencia que el sistema nervioso pueda reconocer y buscar.

HRV: el idioma que tu corazón habla constantemente

Entre latido y latido, el intervalo de tiempo varía. Siempre. Incluso en reposo. El corazón no late como un metrónomo perfecto.

Esa variación se llama variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV, por sus siglas en inglés). Y es uno de los marcadores más fiables que tenemos del estado del sistema nervioso autónomo.

El sistema nervioso autónomo es el que regula lo que ocurre en tu cuerpo sin que tengas que pensarlo, todo lo que te mantiene viva: la respiración, la digestión, la respuesta al estrés, la conexión social.

Una HRV alta y flexible indica un sistema nervioso capaz de adaptarse, de activarse cuando lo necesita y de calmarse cuando el peligro pasa. 

Una HRV baja y rígida indica un sistema nervioso con menor capacidad de adaptación,  atascado en alguno de sus estados de protección, ya sea la alerta y la hiperactivación, o el apagado y la desconexión.

El corazón, a través de la HRV, está diciéndole constantemente al cerebro en qué estado se encuentra el organismo.

El cerebro, a su vez, interpreta esa información y la traduce en estados emocionales, en percepciones de seguridad o amenaza más allá de lo que le dice el corazón, y en la calidad de tus decisiones.

Antes de que tu mente haya creado ningún pensamiento concreto, tu corazón ofrece información real (y cargada de memoria) que tu sistema procesa.  

Qué es y qué no es la coherencia cardíaca

La coherencia cardíaca no consiste en tener un ritmo cardíaco lento o estar tranquila gracias al uso de una técnica de relajación sofisticada.

Coherencia cardíaca es un estado de sincronía.

Cuando el corazón entra en coherencia, sus ritmos se sincronizan con la respiración, con las ondas de presión arterial, con la actividad eléctrica del cerebro.

El sistema nervioso autónomo, el ritmo respiratorio y la actividad cardiovascular empiezan a sincronizarse, y esa sincronía se traduce en cambios medibles en la respuesta hormonal al estrés.

El protocolo más estudiado para inducir este estado (desarrollado por el HeartMath Institute a partir de los años noventa) combina tres elementos:


1. Un ritmo respiratorio específico (inhalación y exhalación de cinco segundos cada una, aproximadamente), 

2. La atención llevada al área del corazón, y
3. La evocación de un estado emocional agradable/cómodo genuino (sin forzarlo o fingirlo, se trata de evocar algo que se sienta real).

BENEFICIOS:


- reducción del cortisol,
- aumento de la DHEA (hormona asociada a la resiliencia),
- la mejora de la claridad cognitiva,
- regulación del sistema nervioso autónomo y,
- en práctica sostenida, cambios en la estructura de la respuesta al estrés.

Pero ojo, no nos confundamos con que este estado nos saca de la emoción que estamos viviendo y ya esta. La coherencia cardiaca te da la oportunidad de volver a pisar suelo para estar en la emoción con su intensidad. Te permite abrazarla, hacerle espacio. 

La diferencia que lo cambia todo

Como cualquier habilidad la coherencia cardíaca necesita de entrenamiento para que esté accesible para ti cada vez de forma más automática.

El sistema nervioso también aprende por repetición.

Cada vez que el corazón entra en coherencia  (con una práctica real, en un contexto de suficiente seguridad) tu sistema registra ese estado como una referencia posible, un camino que puede elegir, por el que puede volver.

La neuroplasticidad funciona así.

No te va a ser suficiente con leer este artículo y entender lo que es y lo que no es la coherencia cardiaca.  Tu cuerpo necesita haberla habitado suficientes veces como para reconocerla, buscarla y, con el tiempo, encontrar su camino casi de forma automática.

Por eso la elegí como primera práctica de mayo para Habítame. La intención es que tengas un ritmo interno al que regresar para continuar navegando lo que las semanas siguientes traen. 

Porque lo que viene después: aprender a elegir el tipo de respiración según tu estado, construir un mapa de retorno para los momentos de desborde, quedarte con lo que duele sin que te arrastre… requiere que ya exista un centro de gravedad. Y el corazón, cuando sabe cómo entrar en coherencia, es ese centro.

Una práctica mínima para empezar hoy

Para ti que estás aquí leyendo el artículo… te dejo esta pequeña práctica por aquí.
No necesitas equipo ni condiciones especiales.

  1. Pon una mano sobre el pecho. Nota el calor que ya existe ahí. Siente, si puedes, el movimiento suave de la respiración debajo de tu palma.

  2. Inhala cinco tiempos. Exhala cinco tiempos.

  3. Lleva la atención al espacio del corazón: no al órgano como estructura, sino al área que lo rodea.

  4. Y mientras respiras, trae a la mente algo o alguien que te genere una sensación genuina de gratitud, de ternura, de cuidado.

Tres minutos. Respirando, sintiendo las sensaciones de lo que esa imagen o memoria de compasión o amor te producen. Eso es suficiente para empezar.

La idea es recordar que hay un ritmo en ti que ya sabe el camino hacia la coherencia.

Lo que el corazón sabe

La mente busca certeza. Planea, protege, organiza, anticipa. Es su trabajo y lo hace bien.

Pero la certeza no existe. Lo que existe es la confianza; y la confianza real no vive en la mente. Vive en el cuerpo. En el pecho que se abre cuando algo es verdad. En el ritmo que se asienta cuando estás en el lugar correcto. En esa chispa que, en medio de la incertidumbre, te dice: por aquí sí.

Por eso llamo a lo que hago Latidos del Alma.

No como metáfora bonita. Como descripción literal de lo que he aprendido  (en el trabajo con clientas, en mi propia práctica, en un bosque con olor a jazmín) sobre dónde vive la sabiduría que más importa.

El corazón tiene su propio cerebro.

Aprender a escucharlo es, quizás, la habilidad más importante que nadie nos enseñó.

 


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Sensible introvertida que solía vivir con miedo a la intensidad de las emociones, pero con un gran propósito y sueño que siempre me atraía hasta donde estoy hoy.

Mi pasión, acompañarte a reconectar con quien verdaderamente eres, en integridad con tus valores, a que reclames tu poder, reconectes con tu fuerza y que te sientas radiante, valiente, sensual y vibrante en tu cuerpo, tu profesión y tus relaciones.

 

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